“Algo que contarte”: culpa, deseo y relaciones con la mirada de Kureishi

Me gustan los escritores que son capaces de construir personajes creíbles, de mostrarnos su contradicciones, sus anhelos y sus miedos. De usarlos como excusa para explicarnos ideas, para hacernos ver cosas que aunque siempre han estado ahí, no son tan evidentes como parece. Me gustan las novelas que muestran lo tragicómico de la vida de casi todos nosotros, que pueden despertarte una sonrisa cómplice o agarrarte el corazón y sostenerlo en un puño un buen rato. Por todo esto me gusta Hanif Kureishi, y por todo esto os recomiendo leer “Algo que contarte“. Un acertadísimo regalo de Patri.

algo que contarteKureishi usa a un psiconalista para mostrarnos un buen puñado de cosas a través de este personaje y de sus amigos y familia. Un mundo lleno de carencias escondidas, de necesidades pendientes, de deseos que no siempre pueden llevarse a cabo. A su través, una sociedad en decadencia cuyos individuos se buscan a sí mismos, y que apenas son capaces de afrontarse. Una sociedad obligada a ponerse ante el espejo y a plantearse lo efímero de nuestras miserias y preocupaciones tras los brutales atentados terroristas de Madrid y de Londres.

Me han interesado especialmente algunas reflexiones, en boca de varios personajes. Acerca de cómo nos comunicamos:

Hablaba y hablaba con la esperanza de encontrar algo que decir.

la gente habla por que hay cosas quiere oír, y escucha por que hay cosas que no quiere decir

Acerca de la gestión de la culpa. Qué nos perdonamos, que no nos permitimos dejar atrás y como esa capacidad amputa o libera una parte de quienes somos. Me decía hace poco un amigo, más o menos “somos lo que nos perdonamos y lo que no nos permitimos perdonarnos, lo que mostramos y lo que ocultamos, y nos debemos a nuestra capacidad de resilencia”.

La mayoría de la gente se porta demasiado bien -dijo muy seguro-. Se van a la tumba preguntándose si hubieran debido hacer más daño a los demás, y sabiendo que sí.

Ni había duda de que durante un tiempo me fascinó cierta clase de psicópatas. Me gustaban su certidumbre y su concentración, la falta de síntomas, la forma de quitarse de encima los miedos y terrores neuróticos que a todos los demás nos hacen la vida tan difícil. A los psicópatas se les veía despreocupados; aguantaban gran cantidad de críticas y resultaban unos buenos políticos, líderes, generales. Desgraciadamente tenían la debilidad de la paranoia, que podía llegar a ser algo muy serio.

Y lo más importante: sólo un shock, sólo un impacto emocional enorme, nos hace replantearnos si lo que somos es lo que queremos ser. Hay quien cambia tras un shock, hay quien sólo altera su comportamiento un tiempo (el tiempo que dura la emoción del impacto) para volver a ser quien y como era…

Pero enfrentarse a la realidad -dijo-, eso es una forma de arte. Cuando pensaba que estaba a punto de morir , quería llamar a todo el mundo y decirles: “¡Eh! ¿No lo sabíais? ¡Sólo estáis jugando a vivir!

Por eso también me gusta la reflexión a la que llega un personaje (no diré cual por no romper la magia del libro), cuando asume ser quien es, pone en orden sus intereses y preferencias, y ciertamente liberado de culpas, se deja llevar por el camino sencillo pero feliz que le queda…

Yo ya no soy joven, pero tampoco viejo todavía. He alcanzado la edad de preguntarme cómo viviré y qué haré con el tiempo y el deseo que me quedan. Sé, al menos, que necesito trabajar, que quiero leer y pensar y escribir, y comer y hablar con los amigos y colegas.

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